Mi historia: cuando el dolor se convirtió en camino
No nací en una vida fácil.
Nací en una familia grande, intensa, llena de amor… y también marcada por la pérdida, el silencio y la supervivencia.
Soy la pequeña de seis hermanos. Durante mis primeros años fui la consentida, la princesa. Y de pronto, con solo ocho años, dejé de ser hija pequeña para convertirme en tía. En una familia numerosa, con jerarquías ya establecidas, aquello no fue sencillo. Desde muy pronto sentí que no terminaba de encajar, que siempre llegaba un poco tarde a todo, que no era la primera opción de nadie.
Mi historia familiar está atravesada por el dolor mucho antes de que yo naciera.
Mi padre, militar y rebelde, perdió a un hermano en la Guerra Civil antes incluso de conocerlo. Vivió el exilio, la ausencia de un padre muerto demasiado pronto, y creció en una familia marcada por la pérdida.
Mi madre también creció con una herida profunda: fue hija única casi toda su vida porque su hermana pequeña murió con solo cuatro años de un tumor cerebral. Mi abuela, una mujer que nunca aprendió a escribir o leer, valiente y luchadora, fue expulsada de su casa siendo casi una niña al fallecer su primer marido y gran amor, sobrevivió a la guerra y la posguerra, a cinco abortos y a la muerte de una hija pequeña. Mi madre debido a todo lo que mi abuela tuvo que trabajar fue criada por monjas y cuidó de su madre hasta el final de sus días.
En mi casa hubo amor, mucho amor. Pero también estructuras rígidas, silencios, carácter fuerte y una forma de sobrevivir que no siempre dejaba espacio para sentir. Yo no fui una niña ni una adolescente fácil. Cambié de casa tres veces en momentos críticos, me sentí fuera de lugar, invisible. Y busqué llenar vacíos como pude: drogas, sexo, alcohol. No porque quisiera destruirme, sino porque no sabía cómo sostener tanto dolor.
Durante años solo deseé una cosa: ser madre.
Amé a mi familia con una intensidad difícil de explicar. Cuando decidí formar la mía, lo hice buscando estabilidad, normalidad, estructura. Elegí desde la cabeza más que desde el corazón. Y durante un tiempo pareció funcionar.
Hasta que la vida volvió a romperme.
En 2013 murió mi madre y todo lo que yo creía ser se derrumbó. Aunque siempre había sido espiritual y ya me había formado en reiki, PNL o constelaciones familiares, ese golpe me llevó al límite.
Me perdí, me rompí, me divorcié, hice el Camino de Santiago y empecé a reconstruirme desde otro lugar. En 2015 diagnostico de autismo de mi hijo pequeño y la llegada a mi vida alguien que reconocí y que hoy sin duda se, es mi alma gemela.
Seguí alternando trabajos “normales” con el acompañamiento a personas, algo que siempre había hecho de forma natural. Utilizando en esta etapa sobre todo sesiones de Reiki y espacios de meditación.
Pero en 2024 llegó el segundo gran impacto.
En enero, mi hijo mayor, que es trans, intentó suicidarse.
En marzo, falleció mi padre. En septiembre me despidieron del trabajo.
No volví a romperme del todo. Esta vez el giro fue de 90 grados, no de 180. Entendí que todo lo que había vivido no era casual. Que mi camino no era entender la vida, aceptarla y acompañar a otros en esta dinámica. Que el dolor no se supera, se transforma cuando no se atraviesa solo.
Así nació el método Ruan.
Un acompañamiento profundo de 12 semanas donde trabajo mente, cuerpo y espíritu de forma completamente alineada. No con fórmulas, no con discursos vacíos, sino adaptando cada herramienta a la historia real de la persona que tengo delante. A su pasado, a su dolor, a lo que quiere construir.
No acompaño para que estés “siempre bien”.
Acompaño para que seas real, para que puedas sostener tu vida tal y como es y desde ahí avanzar.
Esta es mi historia.
No desde la herida, sino desde la integración.
No desde la victimización, sino desde la verdad.
Y si algo de lo que has leído te ha tocado, no es casualidad.
Si estás atravesando un duelo, una crisis vital, o una situación que te supera…
no tienes que hacerlo solo o sola.
Si te resuena, escríbeme.
Hablamos. Y luego decides.
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